El calentamiento global, provocado por el cambio climático, revolucionará las rutas marítimas al hacer navegable todo el año el Océano Glacial Ártico. Donald Trump y su Administración han calculado que, en poco más de dos décadas, el deshielo marino del Ártico abrirá nuevas rutas comerciales en las que se reducirá un 50% la duración de los trayectos entre Europa y Asia, acortando hasta 20 días los viajes.
Según los estudios del Centro Nacional de Datos de Nieve y Hielo de Estados Unidos, la extensión media del hielo en el Ártico fue en los últimos cinco años de 4,6 millones de kilómetros cuadrados. La Unión Europea, sumando la extensión de los Veintisiete, llega aproximadamente a los 4,2 millones de kilómetros cuadrados. En cambio, si se hace una comparativa temporal, la capa de hielo ártica disminuyó un 27% desde los 6,4 millones de kilómetros cuadrados de media que se registraban entre 1981 y 2010. Esto equivaldría a la superficie conjunta de España, Portugal y Francia.
Esta caída en la masa de hielo hace que, en verano, el manto blanco que cubre este océano desaparezca de las costas de Canadá y Rusia. Esto está dejando al descubierto un mar por el que abrir nuevas rutas marítimas que antes eran prácticamente inaccesibles y que reducirían los tiempos entre Asia y Europa prácticamente a la mitad.
El hecho de que ahora se pueda navegar por el Ártico durante más tiempo, sin necesidad de usar barcos rompehielos, ha creado nuevos corredores comerciales que acortan tiempos y distancias entre Asia y el Viejo Continente, sin necesidad de pasar por el Canal de Suez. Esto también acortaría los tiempos de viaje entre China y Europa prácticamente a la mitad. Esta vía ya se conoce comúnmente como la “Ruta de la Seda Polar”.
La ruta marítima del Norte es la que está explorando ya Moscú. Esta nueva vía marítima para el comercio se abre en los meses de verano y permanece accesible durante cada vez más tiempo. Los buques pueden recorrer toda la costa ártica rusa desde su parte europea, que se inicia en la Península de Kola (frontera con Finlandia) hasta el Estrecho de Bering, que separa Rusia de Alaska (EE. UU.) y el Océano Ártico del Océano Pacífico. Está claro que Trump no quiere ver pasar a los navíos rusos y chinos frente a sus costas de manera tan libre. Por ejemplo, entre Tokio (Japón) y Róterdam (Países Bajos) se reduciría el tiempo de travesía de 47 a 29 días por esta vía. Y el tiempo entre Vladivostok y San Petersburgo pasaría de 52 a 31 días. Sin duda, esta ruta supone un gran atajo y abarataría los costes de transporte.
Por otro lado, estaría el paso del Noroeste, que es el que atraviesa la Bahía de Baffin, situada entre Groenlandia y las costas del archipiélago ártico de Canadá.
Finalmente, ya está planificada una ruta central por el Ártico cuando ya el deshielo sea definitivo en el Polo Norte. Con el actual calentamiento del Ártico, estudios científicos indican que rutas transárticas centrales podrían ser accesibles para barcos con cierta capacidad de rompehielos a mediados de esta década en verano, aunque solo durante periodos muy limitados y solo para buques especializados. Por lo tanto, el coste todavía sería alto.
Pero proyecciones climáticas más amplias sugieren que entre 2040 y 2060 la ruta central podría ser navegable con más regularidad para distintos tipos de barcos durante meses del verano, gracias al continuo adelgazamiento del hielo marino en el Ártico.
El verano pasado, el buque portacontenedores Istanbul Bridge se convirtió en el primer navío de línea regular en viajar desde China a Europa a través de esta “Ruta de la Seda Polar”. El barco viajó desde Ningbo (China) a Felixstowe (Reino Unido) en unos 22 días, mientras que yendo a través de Suez tardaría 27 días, es decir, casi un mes.
Según registros de Marine Exchange of Alaska, entidad dedicada a la vigilancia del tráfico marítimo, en 2024 se contabilizaron 665 cruces por el estrecho de Bering, lo que supone un incremento del 175% en comparación con los 242 tránsitos registrados en 2010. Algo que ya mosquea a Washington.
Recursos naturales clave
Pero la merma en la capa gélida que cubre la isla más grande del mundo, que es un territorio autónomo del Reino de Dinamarca, hará más fáciles las condiciones de expedición y explotación de recursos naturales clave como el petróleo o las tierras raras. Yacimientos que son prácticamente vírgenes debido, precisamente, a las condiciones meteorológicas adversas de frío extremo que presenta la isla, que hacen muy costosa todavía su extracción. Además de la legislación climática danesa, que entorpece todavía más las extracciones de minerales y crudo.
Esto convierte al punto más septentrional del mundo en un terreno completamente inexplorado y atractivo para las grandes potencias. Es por eso que Donald Trump, con la agresividad y fanfarronería que le caracteriza, cree que es un elemento a defender. No quiere que el capital chino y el ruso entren en las expediciones de minerales y petróleo en la isla.
Groenlandia ha pasado de ser un pueblo de pescadores de cerca de 57.000 habitantes, muy caro de mantener para la corona danesa, y conocido por una tasa de suicidio juvenil de casi 400 suicidios por cada 100.000 habitantes, a convertirse en el foco de la tensión geopolítica mundial actual.
Las ansias de Trump por poseer el territorio han sido notorias, hasta el punto de remover todo el orden mundial tal y como lo conocemos. La Casa Blanca llegó a calcular el precio que tendrían que pagar si quisiesen comprar la isla a Dinamarca: 700.000 millones de dólares. Trump incluso amenazó con emplear la fuerza militar para anexionar la isla del Ártico a EE. UU. por las malas, enfrentándose así a uno de los principales aliados de la OTAN y haciendo peligrar, incluso, la continuidad de la Alianza Atlántica, con lo que ello implica.
Asimismo, amenazó con aranceles de hasta el 25% a los países europeos que no le apoyaron en su idea de anexionarse el territorio y que enviaron tropas a una operación especial de la OTAN en el Ártico organizada por la armada de Dinamarca.
Trump tomó esto como una amenaza a sus planes, pero la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, preguntada en una entrevista en la TV pública RAI tras el Foro de Davos, aseguró que “es todo lo contrario, era demostrar que la OTAN puede desplegar tropas en el Ártico para defender Groenlandia. Es todo fruto de un malentendido”, dijo.
El tono del magnate parece haberse relajado tras haber conversado con el secretario general de la OTAN, el holandés Mark Rutte, en una reunión privada en el marco del Foro Económico Mundial. También la amenaza de la Unión Europea de activar su bazooka comercial parece haber calmado las aguas entre Washington, Copenhague, Bruselas y los aliados, por ahora.
Un informe de 2023 del Centro de Estudios Geológicos de Dinamarca y Groenlandia (GEUS, por sus siglas en inglés) dice que la isla ártica contiene 25 de los 34 minerales críticos según la lista de la UE, con depósitos importantes de grafito, tierras raras y litio, entre otros, que la hacen geopolíticamente relevante para la transición energética a nivel global.
Así, la isla ocuparía el octavo lugar a nivel mundial en reservas de tierras raras, que se estiman en 1,5 millones de toneladas, según los datos del Servicio Geológico de Estados Unidos.
Por su parte, otro estudio combinado del GEUS, la compañía petrolera nacional de Groenlandia (Nunaoil) y la Autoridad de Recursos Minerales de Groenlandia (MRA) dice que podría contener reservas de hidrocarburos bajo el permafrost equivalentes a unos 28.430 millones de barriles de petróleo. En perspectiva, Estados Unidos consumió más de 7.000 millones de barriles en 2023, según la Agencia Estadounidense de Energía.
Pero la minería está actualmente en una fase muy inicial y contribuye al PIB de Groenlandia un porcentaje puramente marginal. Casi el 70% de la economía del país vive de los servicios, incluyendo el sector público. La pesca y los productos marítimos son su segunda fuente de ingresos, aportando al PIB cerca del 25%; a todo ello se suma el Bloktilskud, es decir, la subvención anual que Dinamarca le da al Gobierno de Groenlandia, que asciende a los 3.400 millones de coronas danesas –unos 573 millones de euros–, para financiar servicios públicos, educación, sanidad y la administración general de la isla.
Aunque su industria minera esté en su fase más primaria, varias empresas extranjeras están invirtiendo en proyectos de exploración y desarrollo, puesto que se espera que el deshielo y el cambio climático proporcionen condiciones mucho más favorables para continuar trabajando en la extracción de minerales.
Varias empresas con capital británico, australiano o canadiense están llevando a cabo inversiones en proyectos extractivos y búsqueda de nuevos yacimientos, y también lo hacen empresas con capital chino.
Shenghe Resources Holding, una empresa china dedicada a las tierras raras, ha tenido participación minoritaria en el proyecto de tierras raras de Kvanefjeld (a través de su participación en la australiana Greenland Minerals /Energy Transition Minerals). Shenghe llegó a tener alrededor del 9-12% de acciones en esa empresa y ha formado joint ventures para el comercio y procesamiento de elementos de tierras raras vinculados a ese proyecto. General Nice Group, un conglomerado chino, adquirió en 2015 los derechos del proyecto de Isua Iron Mine (minería de hierro), aunque esa licencia fue revocada en 2021 por falta de actividad y pagos, lo que marcó un revés para la presencia minera china en Groenlandia.
Es decir, la presencia de capital chino en la isla, a día de hoy, es puramente anecdótica y residual y Donald Trump quiere que siga así, porque China es el único país capaz de procesar el 70% del litio del mundo y el 90% de las tierras raras.
Defensa de EEUU
Existe un tercer factor por el que Washington está dispuesto a aumentar su control sobre Groenlandia, relacionado directamente con cuestiones militares, en concreto, con el modo en que las guerras del siglo XXI se desarrollan. Paradójicamente, el control de territorio vuelve a desempeñar un rol tan importante como en las contiendas clásicas de la primera mitad del siglo XX o incluso del XIX.
Como los conflictos en Ucrania y en Gaza han demostrado, la capacidad de movilizar grandes flotas de barcos, tanques o aviones carece actualmente de importancia a la hora de enfrentarse a enjambres de drones, interferencias en las comunicaciones creadas por inteligencia artificial o el lanzamiento de misiles de larga distancia.
Toda esta tecnología, no obstante, necesita de bases terrestres estáticas desde las que pueda dirigirse a la hora de lanzar ataques. Y eso es lo que ofrece Groenlandia: vastas extensiones, fácilmente defendibles, en las que EE. UU. desplegaría los dispositivos propios de la nueva guerra con la que busca mantener a raya a Rusia y a China.
La posición geográfica de Groenlandia entre el Ártico y el Atlántico la convierte también en un activo de enorme valor desde el punto de vista de la defensa nacional estadounidense. No en vano la isla está justo a medio camino entre Alaska y las dos ciudades más importantes rusas, San Petersburgo y Moscú.
Trump ha cesado en su empeño de anexionar la isla a EE. UU., de momento. Según lo que habló con Rutte, existe un marco teórico sobre la isla del que poco o nada se conoce, más allá de algunas filtraciones hechas por algunos países implicados. Según Bloomberg, citando fuentes diplomáticas, la clave estaría, además de en poner misiles estadounidenses en la isla y crear un puesto de control de la OTAN en el Ártico, en realizar una pequeña reforma al tratado de 1951 para incluir “requisitos de presencia de bases estadounidenses”. En la práctica, este sería un cambio mínimo al tratado, que permite a ambos países establecer (y deshacer) “zonas de defensa” operadas por tropas estadounidenses de mutuo acuerdo y crear la “cúpula dorada” para proteger a los aliados.