El impacto de la inteligencia artificial en el mercado laboral es la principal inquietud que genera esta revolución tecnológica. La posibilidad de que, en lugar de crear nuevos puestos de trabajo, los destruya o devalúe planea sobre las expectativas de millones de trabajadores y también de los gobiernos, agentes sociales y economistas. Pero si hablamos de expectativas es porque, por el momento, este ‘golpe’ no está demasiado claro, aunque eso no impide a las propias tecnológicas lanzar mensajes cada vez más alarmistas sobre los puestos condenados. Sin embargo, los últimos señalados pueden parecer inesperados: el riesgo apunta a los ‘jefes’ y mandos intermedios de las empresas. Un colectivo que en España suma 2,9 millones de trabajadores con subordinados a su cargo.
El mensaje de Silicon Valley es claro: “No es necesario un nivel permanente de gestión intermedia. Todo lo demás que hacía la antigua jerarquía, el sistema lo coordina”. Un modelo basado en la nueva generación de IA generativa, los agentes, programas capaces de realizar funciones cada vez más complejas y directamente vinculadas con las tareas de gestión y control de, potencialmente, todos los procesos de las empresas.
La idea de una gestión más eficiente de los equipos mediante procesos automatizados que eliminen las tareas superfluas de gestión intermedia no nace con la IA Generativa, pero esta tecnología ha hecho mucho más real la posibilidad de sustituir a los que las realizan, sobre todo teniendo en cuenta que utilizan herramientas digitales para ello. Algo a la orden del día incluso en sectores que requieren mayor peso de tareas manuales que, hoy en día, no pueden ser desempeñadas por la IA ni por robots. Paradójicamente, esto hace que sus puestos sean más automatizables que los de los trabajadores a los que supervisan.
¿Cuántos empleos en esta categoría se verían potencialmente afectados en España? Según los últimos datos de la EPA, en España hay 1,38 millones de “encargados, jefe de taller o de oficina, capataz o similar” y 1,48 millones de “mandos intermedios” que suman un total de 2,87 millones de personas, el máximo de la serie histórica. Suponen un 13% de los empleos en nuestro país. Estos jefes se subordinan, a su vez, a 1,42 millones de “directores de pequeña empresa, departamento o sucursal” y a 148.200 “directores de grandes empresas”, que se verían mucho menos afectados por el modelo propuesto.
A la hora de hablar de jefes “potencialmente en riesgo” conviene discernir el impacto concreto, que depende de cada sector y de la organización de cada empresa. También se debe analizar si se traducirá en despidos o en desplazamiento de tareas, lo cual puede repercutir en los salarios de los afectados. La cuestión es si esta posibilidad es factible o solo una hipótesis. Y el hecho es que, hoy por hoy, ya hay empresas que marcan este camino. Es más, están realizando despidos por este motivo.
El paradigma de Dorsey
A estas alturas resulta innegable que los sectores más vinculados a las tecnologías digitales (y el desarrollo de la propia IA) se han convertido en la punta de lanza de los recortes. Prácticamente todas las grandes tecnológicas, con Oracle, Amazon y Meta a la cabeza, han anunciado ingentes baterías de despidos a causa de la automatización. Además, hay evidencias de que el sector está cerrando la puerta del empleo a los recién titulados, cuyas tareas son las más fáciles de automatizar.
Pero no faltan las voces que alertan de que esta tendencia puede explicarse por otros factores, como un sobreendeudamiento de las empresas que ahora obliga a un intenso ahorro de costes laborales que se pretende disimular como una mejora de la eficiencia, que es la razón de fondo por la que estos anuncios de despidos son aplaudidos por los parqués bursátiles.
Sin embargo, lo que nadie cuestiona es que la inteligencia artificial tiene el potencial para hacer lo que los gurús tecnológicos dicen que está haciendo. Y esto lleva a que sus anuncios sean cada vez más escuchados. Uno de los más contundentes ha sido Jack Dorsey, cofundador de Twitter (ahora X) que hace unas semanas anunció un recorte de 4.000 trabajadores, el 40% de la plantilla de Block, su compañía de pagos y servicios financieros, porque su trabajo puede hacerlo la IA.
Pero lo interesante es la justificación que el magnate esgrime para llegar a esta conclusión. En un artículo conjunto con el socio y ex-socio gerente de Sequoia Capital Roelof Botha, Dorsey cuestiona la idea de que las “organizaciones deben estar organizadas jerárquicamente con los humanos como mecanismo de coordinación”. “En cambio, pretendemos reemplazar la función de la jerarquía“, afirma. ¿Cómo? Mediante la inteligencia artificial.
“La mayoría de las empresas que utilizan IA hoy en día asignan un copiloto a cada empleado, lo que mejora ligeramente el funcionamiento de la estructura existente sin modificarla. Buscamos algo diferente: una empresa construida como una inteligencia (o mini-IAG) integrada en la IA general“, resume Dorsey.
Escalera hacia el CEO
Con su modelo, solo harían falta tres tipos de puestos: los colaboradores individuales (o empleados convencionales), especializados en una tarea concreta y que recibirían información y “contexto” por parte del propio sistema de la IA, lo que les permitiría tomar decisiones sobre su trabajo “sin tener que esperar a que se les indique qué hacer”.
El segundo puesto sería el de los “individuos directamente responsables” (DRI), que se encargan de “problemas u oportunidades transversales específicos y de los resultados para el cliente”. Su puesto podrían ocuparlo los actuales directores de oficinas y departamentos. Estos se repartirían la función de “responsables” con el tercer puesto, que Dorsey y Botha llaman “jugadores-entrenadores”, que combinan la producción con la gestión de personas y sustituyen al manager intermedio. Su ventaja es que realiza su trabajo y coordina a su equipo, pero “no se pasa el día en reuniones de estado, sesiones de alineación y negociaciones de prioridades”. El sistema global de IA se encarga de la coordinación.
En la cúspide de este modelo se encuentran el CEO y los directivos, que reciben toda la información directamente y de manera más ágil (y tratada adecuadamente por la IA) para tomar las decisiones.
Esta visión va más lejos que la anticipada por muchos emprendedores en el ecosistema de las start-ups que empiezan a hablar de “empresas de un empleado” (más bien microempresas), en las que las funcionalidades de inteligencia artificial automatizan la mayoría de las tareas, salvo las de dirección al más alto nivel.
Dorsey admite que la implantación de este sistema en Block está en sus fases iniciales, pese a haber despedido al 40% de su plantilla. Pero su apuesta sirve de laboratorio para un modelo que, si funciona, pueden seguir otras compañías similares y que, al ritmo al que evoluciona la inteligencia artificial, podría extenderse a otros sectores en unos años. Una posibilidad que añade una presión adicional sobre la legislación laboral en países como el nuestro.