El expresidente del Gobierno José María Aznar ha lanzado una advertencia sobre la fragilidad de la democracia liberal y ha pedido una respuesta activa de los ciudadanos ante el avance de los populismos, a los que considera una amenaza directa para las libertades, el Estado de derecho y el sistema de alianzas que ha sostenido la estabilidad occidental durante las últimas décadas.
En una intervención en el IX Congreso de Ceapi centrada en el nuevo escenario geopolítico internacional, Aznar sostuvo que el mundo ha entrado en una etapa de mayor inestabilidad, marcada por el regreso de la competencia entre potencias, el cuestionamiento del orden internacional y el impacto de la revolución tecnológica. Según el expresidente, frente a quienes defendieron tras la Guerra Fría la tesis del “fin de la historia”, la realidad actual demuestra que la confrontación estratégica nunca desapareció del todo y que ahora vuelve con especial intensidad.
Aznar situó este cambio de ciclo en un contexto multipolar en el que aumentan los riesgos geopolíticos y en el que potencias como China, Rusia, Irán o Corea del Norte tratan de alterar las reglas internacionales en su favor. También apuntó a un cambio en la posición de Estados Unidos, país que, según señaló, fue clave en la construcción del orden vigente y que ahora muestra voluntad de modificar algunas de sus propias reglas.
En ese marco, el expresidente defendió que la prioridad debe ser preservar la democracia liberal. “La democracia liberal está siendo cuestionada externamente y está siendo cuestionada internamente”, afirmó. A su juicio, las democracias liberales, apoyadas en un sistema internacional de alianzas, han sido las que más libertad, prosperidad y estabilidad han proporcionado al mundo, pero ese entramado se encuentra hoy “en grave peligro” por la presión exterior de los regímenes autoritarios y por la erosión interna provocada por los populismos.
Aznar fue especialmente duro con estas corrientes políticas, tanto de derecha como de izquierda. Defendió que “todos los populismos son iguales” porque comparten, según su análisis, el desprecio por los límites institucionales, la voluntad de prolongarse en el poder y la tendencia a debilitar las reglas propias de la democracia liberal. En su opinión, un gobernante populista no actúa pensando en un proyecto de futuro para su país, sino en “estar en el poder el mayor tiempo posible”.
El expresidente vinculó la defensa de la democracia liberal con el respeto al Parlamento, a los jueces, a la ley y al Estado de derecho. “Sin ley, sin respeto a la ley, no puede haber una democracia” ni una libertad razonable para los ciudadanos, señaló durante su intervención. También subrayó que las democracias no son débiles, sino “frágiles”, una distinción que utilizó para reclamar vigilancia, compromiso y responsabilidad cívica.
Aznar recurrió además a la historia para defender que las democracias han logrado imponerse en los grandes conflictos del último siglo, desde las dos guerras mundiales hasta la Guerra Fría. No obstante, advirtió de que los conflictos actuales, en particular la guerra de Ucrania y la situación en Irán, no son episodios ajenos a las democracias occidentales, sino acontecimientos con consecuencias directas sobre la seguridad, la soberanía y la estabilidad del sistema internacional.
La parte final de su intervención se centró en la responsabilidad ciudadana. Aznar apeló a la tradición cívica de la democracia y defendió que el futuro de los países depende del grado de implicación de sus ciudadanos. Si estos se inhiben o consideran normal que un populista erosione el sistema liberal, advirtió, la democracia puede deteriorarse. Pero si hay ciudadanos dispuestos a hablar, denunciar y no normalizar lo que no debe ser normalizado, las democracias liberales resistirán.
“El populismo” no debe ser visto como algo “normal, deseable o positivo”, insistió Aznar, que cerró su intervención con una defensa expresa de la libertad y de la necesidad de recuperar “el máximo poder” de la democracia liberal. Su mensaje principal fue que la preservación de las libertades no puede delegarse solo en las instituciones, sino que exige una ciudadanía activa frente a los intentos de debilitarlas desde dentro y desde fuera.