La economía de los cuidados redefine el modelo productivo de Euskadi

La economía de los cuidados redefine el modelo productivo de Euskadi

El último estudio llevado a cabo desde Begiraleak, el proyecto promovido por la Diputación Foral de Bizkaia y la Universidad de Deusto para mejorar la calidad de vida de las personas mayores y sus cuidadores, sitúa en primer plano una realidad que empieza a condicionar de forma decisiva el modelo económico vasco: el crecimiento ya no se explica únicamente por la industria, la innovación o la internacionalización, sino cada vez más por la propia evolución demográfica y sus consecuencias sanitarias.

Euskadi es hoy uno de los territorios más envejecidos de Europa. En 2025 alcanzó el mayor índice de envejecimiento de su historia, lo que se tradujo en 184 mayores de 64 años por cada 100 menores de 16, según los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística, que lo situaba por encima de la media nacional.

Pero este hecho no es sólo una cuestión exclusivamente social, sino que está transformando de forma profunda la estructura económica. El aumento de la población de personas mayores implica un cambio directo en los patrones de consumo y en la asignación de recursos: más gasto en salud, mayor demanda de cuidados y una creciente necesidad de servicios asistenciales de larga duración.

Lógicamente, este desplazamiento del consumo tiene un impacto inmediato sobre la economía. De esta forma, una parte creciente del gasto agregado se dirige hacia el ámbito sociosanitario, que requiere de un fuerte impulso de la atención médica y hospitalaria y de los servicios domiciliarios, pero también de la atención en la red de centros de día y residencias. Con lo cual, se hace indispensable movilizar cada vez más recursos públicos y privados en toda la cadena vinculada al cuidado de las personas mayores, y más recursos humanos para atender esta realidad creciente.

Sin embargo, ese dinamismo in crescendo entraña una lógica económica distinta a la de los sectores tradicionales. Y es que, en el sector de los cuidados, el crecimiento no se produce tanto por un aumento de la productividad o del valor añadido, sino por la necesidad de atención a una población cada vez más envejecida y con mayor prevalencia de enfermedades crónicas.

A lo que se añade que se trata de un sector en el que su futuro exige incrementar el volumen de gasto. Un gasto, además, difícilmente reducible, ya que no está sujeto a ciclos económicos, sino que responde a necesidades permanentes.

Gasto sanitario y asistencial

El presupuesto sanitario de Euskadi para 2026 alcanzará los 5.327 millones de euros. Una cantidad que se traduce en 2.400 euros por habitante, por debajo de los 3.137 euros de la media en España y los 3.685 euros de Europa.

No obstante, se consolida como la mayor partida de gasto del Gobierno Vasco, puesto que supone un tercio de los presupuestos generales de la comunidad autónoma. Y cada punto adicional de demanda sanitaria exige mayores ingresos fiscales y mayores recursos, lo que introduce el componente de su sostenibilidad a medio y largo plazo.

De los 5.327 millones de euros gestionados por Osakidetza este año, el 65% (4.276 millones) se destinarán a recursos humanos, con el objetivo de incrementar su plantilla y reducir las listas de espera. No obstante, los médicos vascos se encuentran en huelga desde el pasado 16 de febrero y reclaman, entre otras cosas, mejores condiciones laborales.

El 35% restante se dirige a los gastos derivados de su funcionamiento, como el mantenimiento de las instalaciones o la compra de medicamentos y material médico, así como a las derivaciones al sistema privado de salud.

Con todo ello, se dibuja un círculo económico claro: el envejecimiento impulsa el gasto sanitario; el gasto sanitario moviliza recursos e inversión; pero esa inversión, al concentrarse en actividades de menor productividad relativa, limita el crecimiento potencial de la economía en términos tradicionales. Con lo cual hay que tener en cuenta que este fenómeno no implica un retroceso, pero requiere de una transformación profunda del modelo.

Por un lado, la atención a las personas mayores exige de inversiones continuas en infraestructuras, personal, tecnología médica y servicios de apoyo. Este esfuerzo inversor, imprescindible desde el punto de vista social, presenta sin embargo una característica económica importante: su limitada capacidad de generar incrementos de productividad en comparación con otros sectores como la industria o la tecnología.

Como resultado, una parte significativa de la inversión se traduce en mantenimiento del sistema más que en aumentos sustanciales de la productividad. Y el mantenimiento del sistema ejerce mayor presión sobre los recursos públicos, puesto que el incremento del gasto ligado al envejecimiento tensiona el equilibrio presupuestario.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que la sanidad y los cuidados son intensivos en trabajo y requieren de una atención directa que dificulta la automatización de los procesos. Aunque la digitalización y la inteligencia artificial pueden mejorar la eficiencia en ámbitos concretos —gestión, diagnóstico u organización de recursos—, pero no el servicio per se.

Sin embargo, este escenario abre oportunidades que no deben ser ignoradas. La economía vinculada a las personas mayores —la denominada silver economy— puede convertirse en un espacio de innovación y desarrollo si se articula desde una visión estratégica. Nuevos servicios, tecnología aplicada a la salud, modelos avanzados de atención y soluciones integradas pueden generar valor añadido y posicionar al territorio en un ámbito de creciente relevancia global.

Por tanto, el verdadero reto económico no es el envejecimiento en sí mismo, sino la forma en que se organiza la respuesta a ese envejecimiento. De esa decisión dependerá que la sanidad sea únicamente un reflejo del cambio demográfico o también un motor complementario dentro de una economía diversificada.

El equilibrio entre una economía que cuida y una economía que produce se convierte en la cuestión central. Y mantener ese equilibrio exige políticas públicas, pero también de estrategias empresariales, todo ello bajo una visión de largo plazo que integre ambos ámbitos sin que uno desplace al otro. Porque el futuro económico de Euskadi dependerá de cuánto crezca la sanidad, pero también de su capacidad para hacerlo sin debilitar el conjunto del sistema productivo.

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