Cómo la crisis del Canal de Suez marcó el fin del Imperio Británico y por qué la guerra de Irán recuerda a aquel momento

Cómo la crisis del Canal de Suez marcó el fin del Imperio Británico y por qué la guerra de Irán recuerda a aquel momento

En el alma de la política británica hay un trauma que persiste desde 1956: la Crisis del Canal de Suez, en la que lo que parecía que iba a ser una rápida victoria militar contra Egipto acabó convertida en una catástrofe geopolítica que marcó el fin del Imperio Británico. El intento de tomar Suez acabó con el abandono de sus grandes aliados, el cierre de un paso marítimo clave, una escasez de petróleo, un ataque a la moneda y la estabilidad financiera del país, y el reforzamiento del Gobierno al que pretendían derrocar. Hoy, 70 años después, a 2.384 kilómetros de distancia, el estrecho de Ormuz demuestra que, como escribió Mark Twain, “la historia no se repite, pero el presente parece estar construido a base de fragmentos de leyendas antiguas”.

Para entender el presente, primero hay que mirar al pasado. En 1954, Abdul Gamal Nasser, el nuevo presidente de un Egipto independiente, negoció con Winston Churchill la salida de las tropas británicas de la que había sido su colonia. Los últimos militares británicos estaban en el Canal de Suez, un paso clave por el que cruzaba el 67% del petróleo que se consumía en Europa, proveniente de los países del Golfo Pérsico. Y tras la marcha de esos militares, ocurrieron dos cosas casi a la vez que cambiaron todo el escenario. Primero, Nasser aprovechó que ya no había presencia armada británica para ordenar la nacionalización de la empresa que gestionaba Suez. Y, segundo, un envejecido Churchill dimitió y dio paso a Anthony Eden, que había sido su ministro de Exteriores durante años y, como miembro de la vieja guardia imperial, se negaba a aceptar que la II Guerra Mundial había cambiado el orden mundial.

Eden se tomó el movimiento de Nasser como una traición: había esperado a que se fueran sus soldados para ‘robar’ un punto estratégico clave. Los egipcios, por su parte, consideraban que habían sido los británicos los que les habían robado a ellos ese paso un siglo antes, comprando a precio de saldo sus acciones en la empresa gestora aprovechando su debilidad militar y económica. Pero en 1875, Reino Unido era entonces el mayor imperio mundial y no tuvieron más remedio que aceptarlo. En 1956, sin embargo, las cosas habían cambiado mucho, aunque Eden no se hubiera dado cuenta.

Un plan perfecto, pero sin el permiso clave

La respuesta del nuevo ‘premier’ fue negociar con Francia, otro imperio menguante que controlaba -antes de la nacionalización- la otra mitad del Canal, e Israel, que sufría desde su fundación un bloqueo marítimo por parte de Egipto. El plan era simple: atacar el país conjuntamente y recuperar Suez. Israel, que era la única que sí tenía un ‘casus belli’ sostenible a primera vista, invadió la Península del Sinaí y alcanzó Suez en cuestión de días. En ese momento, Francia y Reino Unido anunciaron que, para evitar que la escalada entre Israel y Egipto afectara a todo el comercio mundial, no tenían más remedio que invadir y recuperar el control del Canal. Por el bien del planeta, se entiende.

Y Egipto no se quedó de brazos cruzados. Aunque su ejército no podía resistir una invasión de tres potencias militares coordinadas, sí podían hacer mucho daño. Primero, hundieron varios barcos en la entrada del Canal, bloqueándolo durante meses. Y segundo, Nasser ordenó a sus militares quitarse las insignias y luchar como civiles, para crear una amenaza ‘invisible’ para los invasores.

Soldados británicos ocupando Port Said, en Egipto. Foto: Alamy

Pese a todo ello, Reino Unido y Francia avanzaron rápidamente: en pocos días habían capturado un tercio de la vía y estaban a punto de lograr una victoria en apenas una semana. Pero entonces se encontraron con algo que no esperaban: los teléfonos de las embajadas empezaron a arder. La noticia había sentado como una bomba en Washington, ya que EEUU temía que los países árabes vieran esta invasión como un ataque de todo Occidente contra ellos y que se acabaran lanzando en brazos de la Unión Soviética, con lo que ello supondría para el equilibrio económico mundial en plena Guerra Fría. La ONU se reunió de emergencia para condenar la invasión y, por si Eden no había captado el mensaje, el presidente Dwight Eisenhower amenazó con tumbar la libra si no ponían fin inmediato al ataque. A Londres no le quedó más remedio que capitular y salir por donde habían llegado, junto con unos franceses que nunca perdonarían del todo la ‘traición’ estadounidense.

La humillación dejó a Reino Unido en ‘shock’. El propio Eden sufrió un enorme desgaste físico y mental y tuvo que irse de vacaciones durante dos meses. Su mujer, Clarissa Eden, llegó a decir que “sentía que el Canal de Suez discurría por nuestro salón”. Para cuando regresó de Jamaica, en enero de 1957, el Partido Conservador ya había dictado sentencia: Eden dimitió y le dio las riendas a Harold Macmillan.

Aquella derrota política confirmó el cambio de guardia en el orden mundial. Europa, con Reino Unido a la cabeza, sufrió meses de escasez de petróleo, precios disparados y restricciones, por el corte de Suez que ellos mismos habían provocado con su guerra. Egipto se hizo con la soberanía de todo el canal, sin que nadie ya pudiera discutirla, con las comisiones por paso que conllevaba. Londres se vio obligado a reconocer que ya no eran el imperio invencible de antaño, y que el viejo orden mundial en el que Reino Unido intervenía donde quisiera cuando quisiera había terminado. A lo más que podía aspirar era a ser la mano derecha de EEUU, que había tomado definitivamente las riendas imperiales. Los británicos aceleraron su retirada de todas sus posiciones militares y territoriales al ‘este de Suez’, y se vieron obligados a digerir su nuevo futuro como un país más entre iguales en Europa, posición con la que aún no han llegado a reconciliarse.

Trump y el ‘cambio de guardia’

No hace falta ser muy imaginativo para ver las similitudes entre aquella guerra fallida y el conflicto de Irán. Donald Trump se lanzó de cabeza asumiendo que Irán era muy inferior militarmente y que EEUU podía imponer su voluntad por la fuerza allá donde quisiera, especialmente ante el éxito de su operación para capturar a Nicolás Maduro en Venezuela. Como hizo entonces Egipto, la respuesta de Teherán fue bloquear el suministro mundial de petróleo y usar tácticas militares muy difíciles de controlar -el uso de drones, minas y pequeñas lanchas- para confundir y evadir a un ejército mucho más poderoso.

La primera consecuencia es la que sufrió Europa con la crisis de Suez: escasez de combustible y precios disparados. Aún no se ha llegado a una situación de racionamiento, pero con la gasolina y el diésel rondando máximos históricos de precio, el efecto en la práctica es muy similar.

La gran diferencia es que, al contrario que entonces, EEUU ni ha logrado ninguno de sus objetivos, ni está cerca de hacerlo. Si está atascado no es porque su ‘hermano mayor’ le ordenara parar, sino simplemente porque la estrategia de ‘atacar sin invadir’ ha fracasado y, tras haber malgastado cantidades enormes de municiones, la única forma de presión que le queda es un lento e incierto bloqueo marítimo. Quizá la falta de un ‘hermano mayor’ que le fuerce a aceptar la realidad sea hasta un problema: cuando Irán le presentó un acuerdo lleno de concesiones humillantes al país persa, Trump lo firmó en un primer momento para evitar una crisis mayor, pero en poco tiempo decidió romperlo y dejar la situación enquistada, incapaz de conseguir nada que se parezca a una victoria y decidido a no reconocer una derrota.

Port Said, tras el ataque franco-británico. Foto: Alamy

Ante la falta de un gigante que amenace con tumbar el dólar, la presión actual la están haciendo los mercados de deuda, disparando la rentabilidad de la deuda americana y mostrando cada vez más dudas sobre la credibilidad de la Fed y de las instituciones del país. El problema para el resto del mundo es que, cuando la libra dejó de ser el activo refugio, estaba el dólar para ocupar su sitio. Esta vez, ni hay un reemplazo del dólar ni se le espera a medio plazo: todas las grandes monedas del mundo tienen debilidades y limitaciones que les impiden convertirse en el nuevo activo líder del mundo.

Y esa idea, la del troceamiento del poder mundial, es muy visible. En 1956, la crisis de Suez supuso el fin del Imperio Británico y dejó claro que ni Reino Unido ni Francia podían ya actuar de forma individual, sin el respaldo de EEUU. Aquel evento supuso la confirmación de un mundo bipolar: estaban EEUU y la URSS, y todos los demás países relevantes orbitaban, más cerca o más lejos, en torno a alguno de ellos. El fracaso militar de EEUU en Irán no implica la aparición de una nueva potencia líder, sino la confirmación de que el mundo está en una era multipolar en la que ningún país puede imponer su voluntad donde quiera. De hecho, como se ve en los casos de Ucrania o Canadá, ni siquiera pueden imponerla con facilidad en sus ‘patios traseros’ contra países mucho más débiles sobre el papel.

Aún queda por conocer el final de la historia: si Irán logrará imponer un peaje en el estrecho de Ormuz, si el bloqueo naval de EEUU le obligará a aceptar algún acuerdo intermedio en el que ambos renuncien a sus objetivos de máximos a cambio de evitar daños mayores, o si habrá alguna tercera opción que aún no se vislumbra. Quizá la crisis petrolera acabe con un impulso histórico a las energías renovables y los coches eléctricos que acabe hundiendo la demanda de crudo y solventando el problema de Ormuz. Lo que está claro es que el huevo del poder estadounidense, una vez roto, ya no se puede arreglar. Los británicos llevan 70 años digiriendo aquel trauma nacional. Las consecuencias para EEUU de este fracaso aún son impredecibles. La pregunta es si Melania Trump acabará lamentándose de que el estrecho de Ormuz se ha metido por medio de Mar-A-Lago.

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